El día de hoy, Kai Ryssdal, el locutor del programa “Marketplace” que transmite la cadena Americana de radio pública, NPR, anunció la muerte de Wall Street. El Wall Street Journal también dijo algo similar. ¿Será que Wall Street está verdaderamente muerto?
Hay que ser Neoyorquino para entender lo que es Wall Street. Es un callejón pequeño en la parte más baja de la isla de Manhattan, y escondido entre su angostura está un letrero pequeño sin mucho glamour que anuncia que ahí es el edificio de la Bolsa de Valores de Nueva York, el “New York Stock Exchange”. Podría decir que es un puesto de hot dogs y un turista se lo creería. Al salir del callejón uno ve el hueco que dejan las Torres Gemelas, y la estauta de un toro, simbolizando el estado de optimismo que tienen los Americanos de que la economía siempre irá para arriba. (Cuando las bolsas suben consistentemente en un perido prolongado de tiempo, se le llama “bull market” o “mercado de toros”, y cuando bajan, se les llama “bear market” o “mercado de osos”). Alrededor uno ve edificios de los más altos del mundo, llenos por las oficinas de representación de las empresas que cotizan en bolsa, y las oficinas de los bancos de inversión más poderosos del mundo.
Excepto que ya no existen los bancos de inversión.
El domingo pasado, Goldman Sachs y Morgan Stanley, los últimos dos bancos de inversión que quedaban en Estados Unidos, decidieron cambiar de giro y convertirse en bancos regulares. En verdad que es un cambio pequeño para la gente que no vive de las finanzas, pero para Wall Street, es como si el corazón hubiese dejado de latir. Para entender por qué, hay que entender para qué servía Wall Street.
Wall Street era un lugar donde las empresas pequeñas y medianas del mundo llegaban a venderse a sí mismas. De repente, vendían con grandes ideas de expansión y negocios, y los dueños del mundo inclinaban su cabeza en admiración y soltaban dinero para comprar un pedacito de esa idea, que después se convertía en realidad con la fuerza de capitalización que solo Wall Street podía proveer. Empresas de todos los rincones del planeta llegaban a comprar y vender acciones de sí mismas, deuda, y promesas de crecimiento. Hasta PDVSA llegó a vender sueños ahí: el sueño del sistema de Refinerías del Río Orinoco no hubiera sido posible sin el dinero de Wall Street, aun y cuando Chavez robó el sueño a los inversionistas, nacionalizando el proyecto años después.
Pero por la escala del dinero que se mueve en Wall Street, los inversionistas más grandes no eran personas. Ni Warren Buffet, ni Bill Gates, ni Carlos Slim mueven las cantidades de dinero que se necesitan para hacer sueños realidad como los que trae la gente que viene a Wall Street. No. Se requiere de la suma del dinero de todos como ellos. Es por eso que los bancos donde gente como ellos guarda su dinero, (que, no les debe extrañar, no son como el Banco Amigo, o Banco Azteca, o ya de perdis, el HSBC que la gente común y corriente como tu y como yo usamos). La gente que vale varios millones de dólares deposita su dinero en bancos con más ambición que prestar dinero para casas de 100 mil dólares. Esos bancos eran Bear Stearns, Lehman Brothers, Merril Lynch, JP Morgan, Morgan Stanley, Goldman Sachs, y otros. Ahí las empresas y los hombres más ricos del mundo guardaban su dinero, y estos bancos de inversión usaban ese dinero para invertir en los sueños del futuro: las empresas que impulsarían el crecimiento económico de las siguientes décadas.
Excepto que cuando Bush llegó al poder, él y su equipo destruyeron el marco regulatorio que Franklin Delano Roosevelt, el democrata que salvó a Estados Unidos de la Gran Depresión de los 1930s, había construido para evitar que otra Gran Depresión ocurriera. De inmediato, los bancos se empezaron a poner creativos y, combinado con las tasas de interés ridiculamente bajas de la Reserva Federal de Ben Bernanke, de repente había en el mundo más dinero de lo que la gente rica sabía qué hacer con él. ¿Y para qué sirve el dinero si no es para gastarlo? Y lo empezaron a gastar en inversiones “seguras”, como bienes raíces, metales, petroleto, etc…
Cuando los mercados se inundaron de dinero recientemente creado y completamente desregulado, los precios comenzaron a subir estrepitosamente, hasta que alguien se dió cuenta que ese tejaban en las afueras de Detroit no podía valer $300 mil dólares, y hasta que algunos de los residentes de esos tejabanes ya no pudieron pagar sus hipotecas y sus tarjetas de crédito. Entonces ese dinero que se creó por la Fed con tanta facilidad, comenzó a extinguirse en Wall Street con la misma facilidad. En menos de un año, no solo los bancos ya no tienen dinero para prestar, sino que, por más dinero que el gobierno les regala para que presten, los bancos YA NO QUIEREN PRESTAR. Esto es catastrófico por que la mayoría de los bancos se prestan entre sí para financiar operaciones de todos los días como es entregarte tu dinero en el cajero automático. Son operaciones que llaman “créditos de la noche a la mañana (overnight)”, por que, literalmente, un banco le presta a otro en la noche, y el otro lo paga en la mañana. Hasta que son tantos los acreedores insolventes que el banco mismo ya no tiene con qué pagar, y entonces, entre sí mismos ya no se quieren prestar.
Y por eso, uno por uno, han desparecido todos los bancos de inversión. Los que antes se llamaban “dueños del mundo” hoy son nacionalizados por el Gobierno Federal en una acción desesperada para que no sigan quebrando más. Las instituciones que aceitaban el sistema de Wall Street, los que inyectaban el dinero que hacía realidad los sueños empresariales de todo el que llegaba y lograba sobrevivir ese callejoncito hoy se han quedado sin aceite. Ya no existe la banca de inversión, y con ella, se va el capital de riesgo y el crecimiento agresivo de los últimos 30 años. Bastaron ocho años de malas inversiones para destruir 100 años de futuro. ¡Gracias George W. Bush! Muchos de esos bancos tenían más de 100 años de antigüedad y sobrevivieron a La Gran Depresión de los 1930s, pero no sobrevivieron esta crisis financiera. Wall Street, como lo conocíamos, ha muerto.
Y las cosas pueden empeorar. Después de la quiebra de la banca de inversión, siguen los bancos comerciales. Si las cosas no mejoran, en unos meses podríamos ver la quiebra de WaMu, Bank of America, HSBC, Chase, y otros bancos comerciales, afectando directamente la capacidad de crédito del consumidor Americano. Así como pasó en Wall Street, así pasará en las calles de Estados Unidos. Serán entonces los consumidores quienes no podrán conseguir crédito en su tarjeta, para comprar un carro, para comprar una casa, ni para pagar la cena de negocios que tienen esa semana. Estados Unidos se podría convertir, en tan solo un año, en una economía 100% de efectivo, cuando hace apenas un año era la economía con el sistema financiero más avanzado del mundo.
Y sale José Ángel Gurría, ex-funcionario Zedillista y Presidente actual de la OCDE a decir que el “rescate” propuesto por el gobierno Americano servirá para mejorar la economía. Eso es lo que él, como todos, deseamos, pero lo cierto es que no está seguro. Nadie lo está. Por que hasta que los bancos no empiezen a prestar de nuevo y la confianza sea restaurada en Wall Street, las cosas solo pueden empeorar. Y es lógico. Estados Unidos le debe al mundo sus últimos 40 años. Es hora de pagar la factura, y todos estamos esperando. El problema es que no tiene dinero para pagar, y este embargo virtual que vive terminará por hundirnos a todos. ¿Qué alternativa nos queda que confiar en ellos de nuevo? Por eso los líderes del mundo piden a gritos que lo hagamos. Por que no nos queda de otra…
Pero Wall Street no resucitará de la noche a la mañana. Se necesitan Reformas Estructurales profundas para arreglar lo que se ha roto en estos ocho años. Será cuestión de tiempo ver si hay la voluntad para arreglar las cosas de fondo, por que el rescate propuesto es solo un parche de 700 mil millones de dólares. Aunque la sangre fluye como un río, esta herida apenas empieza desbordarse… Wall Street está muerto. Pero Estados Unidos tiene muchas más calles que quedan por morir.